Tú te lanzas: rellenas la solicitud, compras el temario, eliges tu plaza. Quien te acompaña dice que sí, que puede contigo, y se apunta al viaje sin hacer el examen.
Tú cavas: lees, resumes, haces test. Quien te acompaña pone los primeros premios — un café, una cena — para cuando cierres el primer bloque.
Aparece el desvío fácil y el cartel de «abandonar». Quien te acompaña ve la racha a punto de romperse y llega justo ahí, con una frase de ánimo, antes de que la rompas.
Tú te enfrentas al simulacro con el reloj en marcha, como será de verdad. Quien te acompaña mira el resultado contigo y celebra cada punto que sube.
Tú entras a la sala, solo con el bolígrafo. Quien te acompaña espera fuera — pero los meses de premios, frases y rachas ya van contigo, dentro.
La plaza es tuya. Y también es, un poco, de quien puso los premios, escribió las frases y no dejó que tiraras la toalla.
No solo por tu fuerza de voluntad, sino por toda la gente que te quiere y cree en ti.
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